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Desde los primeros relatos de la humanidad, las varas ceremoniales han acompañado a quienes buscaban recordar su vínculo con la naturaleza, con los ciclos y con aquello que no siempre puede nombrarse.
Modelada íntegramente a mano como una pieza única, reúne símbolos que han acompañado a diferentes culturas como lenguaje de transformación y conocimiento. En su extremo, la luna custodia el camino, recordando que toda creación necesita respetar sus propios ciclos. La serpiente asciende abrazando la pieza como símbolo de renovación, sabiduría y cambio constante. En su corazón, una amatista natural invita a la calma, la claridad y la escucha interior.
Tallados sobre la arcilla aparecen también el ojo de la intuición, la espiral —símbolo del crecimiento y del movimiento infinito de la vida— y el sol, representación de la fuerza vital, la luz y el renacimiento.
Los esmaltes, en verdes minerales y tierras naturales, evocan los bosques, el musgo, la piedra y la fertilidad de la tierra. Cada matiz recuerda que toda transformación comienza en el mismo lugar: el origen.
Esta no es una pieza concebida para conceder poder.
Es una invitación a recordar el que ya habita en ti.
Puede acompañar un altar, un espacio de creación, un rincón de contemplación o convertirse en un objeto que dé sentido a tus propios rituales cotidianos. Un recordatorio de que la intuición, la naturaleza y la belleza también son formas de conocimiento.
Como todas las obras de La Asilvestrada, esta varita ha sido creada una sola vez. No existe otra igual. Cada textura, cada símbolo y cada huella pertenecen a un único instante creativo entre la artista, la tierra y el fuego.
Más que una varita, es un símbolo. Un fragmento de naturaleza convertido en memoria.
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