Estas tazas nacen con un útero tallado en la materia, como un símbolo del centro creador,
del espacio donde la vida se gesta, se sostiene y se ama. El útero aparece aquí como
origen, refugio y memoria: un lugar sagrado que guarda la potencia de crear, nutrir y
contener.
Tallarlo en la cerámica es un acto de honra. Cada línea habla de cuidado, de escucha y de
presencia. No es solo una forma, es un recordatorio del poder interno, de la capacidad de
sostener procesos, emociones y ciclos con amor y conciencia.
Cada taza es única, hecha a mano, dejando que el barro conserve sus variaciones de
textura, tamaño y carácter. Se crea despacio, acompañada por el aroma del palo santo,
permitiendo que la intención quede impresa en la pieza.
Pensadas para rituales cotidianos —el café, el té, la pausa— estas tazas invitan a volver al
centro, a habitar el cuerpo como hogar y a recordar que en lo simple también habita lo
sagrado. Beber de ellas es un gesto de conexión, de autocuidado y de reconocimiento de
nuestra fuerza creadora.