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Estos vasos guardan en su centro una espiral, símbolo ancestral del origen, del movimiento de la vida y del viaje hacia dentro.
La espiral nos recuerda que todo crecimiento es cíclico, que no avanzamos en línea recta, sino regresando a lo esencial con una conciencia más profunda.
Los tonos terrosos sostienen la materia, mientras los blancos degradados fluyen como la respiración de la tierra, como la luz que se filtra en el interior.
Beber de estos vasos es un gesto de presencia: detenerse, sentir, volver al centro.
Son piezas para ritualizar lo cotidiano, para honrar el agua, el alimento y el cuerpo como parte del mismo ciclo natural.
Más que vasos, son recordatorios suaves de que todo comienza y termina en el interior.
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