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Mucho antes de que existieran los caminos, las ciudades o las palabras, los helechos ya habitaban la tierra.
Esta taza conserva la huella de uno de ellos, impresa en la materia como un vestigio antiguo, una memoria vegetal que ha atravesado el tiempo para recordarnos nuestra pertenencia al mundo natural.
Los marrones tostados evocan la corteza, la tierra húmeda y los bosques primitivos. Desde el borde de la pieza, los blancos rotos descienden lentamente sobre la superficie como una niebla suave, como el agua recorriendo la piedra o la luz filtrándose entre las ramas de un bosque ancestral.
La ausencia de asa invita a sostenerla con ambas manos, a sentir el calor, la textura y el peso de la tierra transformada. Un gesto sencillo que convierte cada pausa en un pequeño ritual de presencia.
Creada a mano como pieza única, esta obra celebra la belleza de lo antiguo, de aquello que permanece y sigue contando historias a través de sus formas.
Más que una taza, es un encuentro con la memoria viva de la naturaleza.
Una pieza para quienes encuentran refugio en los bosques, en la tierra y en la belleza silenciosa de lo esencial.
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