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Esta ocarina nace de la unión entre el corazón humano y el mundo vegetal. Su forma, inspirada en el órgano que sostiene la vida, recuerda que toda expresión auténtica nace primero en el interior antes de convertirse en voz.
Las hojas talladas recorren la pieza como una extensión de la naturaleza que habita en nosotros. Un recordatorio de que el cuerpo y la tierra comparten el mismo lenguaje: crecimiento, transformación y memoria.
Como instrumento de viento, la ocarina cobra vida a través de la respiración. El aire atraviesa la pieza y despierta su sonido, convirtiendo cada nota en un encuentro entre el cuerpo, la materia y el instante presente. Sus cuatro aperturas inferiores permiten modular diferentes tonos, creando melodías sencillas y profundas, cercanas a los ritmos esenciales de la naturaleza.
Los tonos terrosos y los blancos rotos evocan la arcilla, la piedra y la luz que habita en los paisajes antiguos. Cada matiz recuerda que esta pieza procede de la tierra y conserva en ella la memoria de su origen.
Creada íntegramente a mano como pieza única, esta ocarina es tanto un instrumento musical como una obra escultórica. Un objeto para tocar, escuchar, contemplar y habitar.
Más que producir sonido, invita a recordar algo esencial:
Que cada respiración es también una forma de crear belleza.
Sin existencias