Maruja Mallo, la gran pintora surrealista de la generación del 27
I. Una niña que creció sin aceptar límites
Maruja Mallo nació en 1902 en Viveiro, en la costa de Galicia, en una familia numerosa donde la curiosidad y el conocimiento eran celebrados. Desde pequeña mostró una sensibilidad distinta hacia el mundo: miraba la realidad con una mezcla de asombro y rebeldía.
Su padre percibió pronto ese impulso creativo y decidió matricularla en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés, algo poco habitual para una niña de su tiempo. Aquella decisión cambió su destino.
Años después, cuando se trasladó a Madrid, Maruja decidió dedicarse plenamente al arte e ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, un espacio dominado casi exclusivamente por hombres. Allí comenzó a abrirse paso con una fuerza poco común, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en acceder a ese entorno artístico.
Pero lo que realmente definía a Maruja no era solo su talento.
Era su libertad.

II. Las Sinsombrero: el gesto de quitarse el miedo
Madrid en los años veinte era un hervidero de ideas. Poetas, pintores y pensadores estaban reinventando la cultura española.
Maruja se movía en ese corazón creativo junto a figuras como Salvador Dalí o Federico García Lorca. Pero ella no estaba allí como musa ni acompañante: estaba como artista.
Fue parte de un grupo de mujeres que hoy conocemos como Las Sinsombrero, creadoras que reclamaban algo tan simple como revolucionario: el derecho a pensar, crear y vivir con la misma libertad que los hombres.
El gesto que dio nombre al grupo fue casi un acto poético.
Un día, caminando por la Puerta del Sol, decidieron quitarse el sombrero en público. Puede parecer un gesto pequeño, pero en aquel momento el sombrero representaba el decoro y la obediencia femenina.
Al quitárselo, no solo se descubrieron la cabeza.
Se descubrieron a sí mismas frente a los demás.
Ella misma citó:
“Aceptaron nuestra entrada en el recinto sagrado como promotores del travestí a la inversa.”

Las Sinsombrero.
III. Una pintura llena de vida, misterio y rebeldía
La obra de Maruja Mallo nunca fue cómoda.
Sus primeras pinturas estaban llenas de color, de movimiento y de escenas populares donde la realidad parecía mezclarse con el sueño. Obras como La verbena mostraban un universo vibrante, lleno de símbolos, cuerpos y ritmo.
Con el paso del tiempo su pintura cambió. Se volvió más oscura, más simbólica, casi profética de la tragedia que estaba por llegar a España. En series como Cloacas y campanarios o Antro de fósiles, el mundo aparece fragmentado, inquietante, atravesado por tensiones invisibles.
Maruja pintaba lo que latía bajo la superficie.
No buscaba copiar la realidad.
Buscaba transformarla.

Maruja Mallo describió su obra Antro de fósiles (1930), perteneciente a la serie Cloacas y Campanarios, con la siguiente reflexión:
"La naturaleza se nos presenta como un antro de fósiles, de restos de seres que fueron, de formas que ya no tienen vida. Es la muerte que acecha, que nos recuerda nuestra propia fragilidad".
Se encuentra en el Museo Reina Sofía.
En la foto, Maruja junto a Josefina Carabias.
IV. El exilio y la distancia
Cuando estalló la Guerra Civil española, Maruja se encontraba en Galicia. La violencia que se extendía por el país la obligó a marcharse.
Primero a Lisboa.
Después a Buenos Aires.
Allí comenzó un largo exilio que duraría más de veinte años. Durante ese tiempo siguió creando, viajando y exponiendo por América y Europa, moviéndose en los círculos culturales más activos del momento.
Pero como ocurrió con tantas mujeres artistas, su nombre empezó a desaparecer lentamente de los relatos oficiales.
No por falta de talento.
Sino por el silencio de la historia.

Generación del 27.
V. El regreso y la memoria
Cuando regresó a España en los años sesenta, descubrió algo doloroso: muchos de sus amigos habían muerto o seguían en el exilio, y su obra había quedado casi olvidada.
Aun así, siguió pintando.
Con los años llegaron exposiciones, reconocimientos y premios. Pero el verdadero valor de su obra nunca estuvo en los galardones.
Estaba en su mirada.
En su manera de imaginar el mundo como un lugar más libre, más abierto y más luminoso.

Maruja Mallo. Estampa, 1927.

LA VERBENA
Maruja Mallo (Gómez González, Ana María)
1927 (septiembre)
TécnicaÓleo sobre lienzo
Dimensiones119 x 165 cm
VI. Una mujer de mirada y pensamiento adelantado
Hablar de Maruja Mallo es hablar de una artista que no quiso limitarse a pintar cuadros: quiso imaginar un mundo nuevo.
Para ella, el arte no era solo representación. Era una forma de pensamiento, una manera de anticipar el futuro. Creía que cada época debía crear su propio lenguaje artístico, capaz de acompañar la transformación de la sociedad. Por eso su obra atraviesa distintas etapas: desde las verbenas llenas de movimiento hasta las composiciones geométricas y cósmicas de sus últimos años.
Maruja buscaba algo más profundo que la belleza convencional.
Buscaba una energía nueva.
Creía que el arte debía abrir los ojos de quien mira, ampliar su percepción, mostrar una realidad más intensa que la cotidiana. En una ocasión expresó esta idea con claridad:
“El artista completo es un intelectual. A una humanidad nueva corresponde un arte nuevo.”
En su pintura conviven la ciencia, la naturaleza, el ritmo de las fiestas populares y una visión casi cósmica del universo. Sus obras no son simples escenas: son mapas de energía, geometrías del movimiento, paisajes que parecen atravesados por fuerzas invisibles.
Con el paso de los años su mirada se volvió aún más amplia. En sus ciclos finales hablaba del espacio infinito, de las dimensiones del universo, de lo que aún no podemos ver pero intuimos. En una entrevista explicaba que su pintura intentaba representar “el espacio infinito del todo”, una realidad que va más allá de lo visible.
Maruja Mallo vivió siempre con una mezcla de ironía, inteligencia y libertad radical. No aceptaba las normas sociales ni las categorías rígidas del arte. Su personalidad era tan magnética que muchos artistas de su tiempo la describieron como un fenómeno único. Salvador Dalí llegó a decir que era “mitad ángel, mitad marisco”, una mezcla imposible de belleza, rareza y fuerza.
Pero quizá lo más revelador es cómo ella misma entendía la vida. A pesar del exilio, de los olvidos y de los silencios de la historia, su mirada permaneció luminosa. En una ocasión dijo algo que resume su carácter:
“Todos los días de mi vida han tenido un pedazo de felicidad.”
Hay algo profundamente moderno en esa forma de estar en el mundo.
Maruja no quiso ser un símbolo ni una excepción.
Quiso ser simplemente libre.
Y quizá por eso su obra sigue vibrando hoy con tanta fuerza: porque no pertenece solo a su tiempo.
Pertenece a todos los momentos en los que alguien decide mirar el mundo de otra manera.

Canto de las espigas – 1939.

El Mago / pim, pam, pum. 1926
Nombrar a Maruja Mallo es también un gesto de memoria.
Es recordar que hubo mujeres que se atrevieron a crear cuando el mundo aún no estaba preparado para escucharlas.
- ¿Por qué tantas mujeres de la Generación del 27 quedaron fuera del relato oficial de la historia del arte?
- ¿Por qué conocemos mejor a los hombres que compartieron su tiempo que a las mujeres que creaban a su lado?
- ¿Por qué Dalí tiene mas reconocimiento que Maruja?
- ¿Y cuántas artistas más siguen esperando que alguien vuelva a pronunciar su nombre?

Maruja Mallo vestida de algas en la playa de El Tabo (Chile), 1945.
Gracias Maruja. Por habitar las calles y poner tu pintura en el centro.
Con Amor,
Isabel.