Estas tazas nacen con la vulva tallada en la cerámica como un gesto de reconocimiento y
honra. La vulva aparece aquí como símbolo de origen, de apertura a la vida, de sensibilidad
y de poder profundo. Como algo que se nombra y se cuida.
Tallarla en el barro es un acto consciente: un recordatorio de la belleza de lo que somos, de
la fuerza que habita en lo sensible y de la importancia de reconciliarnos con nuestro cuerpo
y su memoria. Cada línea guarda la intención de devolverle su lugar sagrado, lejos del
silencio y la vergüenza.
Cada taza es única, creada a mano, dejando que la materia conserve sus irregularidades,
su carácter y su verdad. El proceso se acompaña del aroma del palo santo, sosteniendo un
espacio de respeto, presencia y creación lenta. Por ello, cada pieza puede variar en forma,
textura y tamaño.
Pensadas para rituales cotidianos, estas tazas invitan a habitar el cuerpo con amor, a volver
al centro y a recordar que lo que nos da vida también merece ser celebrado. Beber de ellas
es un gesto íntimo de reconocimiento, de cuidado y de conexión con nuestra raíz más
profunda.