Desde siempre he sentido una conexión profunda con la belleza de lo simple, con los ritmos pausados y con lo que vive más allá de lo visible.
Mi camino creativo nace del abrazo entre la naturaleza, lo sagrado y lo femenino. Pinto desde lo instintivo y lo místico. Trabajo el barro desde la quietud y la memoria. Mi arte es una forma de volver a mí, de habitar el cuerpo como territorio y de reconectar con lo esencial.
Durante años viví desconectada de mí misma, persiguiendo ritmos externos que me alejaban de lo que realmente era. Convertirme en madre me abrió a una nueva sensibilidad, una forma distinta de ver el mundo y de habitarlo.
Fue desde ese umbral que redescubrí el arte como refugio y medicina. Hoy mi trabajo nace de ese recorrido: del vacío a la creación, del ruido al silencio, del desarraigo al reencuentro.
“Cada obra es una ofrenda, un espejo, un canto al alma silvestre que todas llevamos dentro.”

La mujer es mi raíz. Ilustro su poder cíclico, su luz, su sombra, su forma de sostener el mundo. Pinto su esencia, su vulnerabilidad y su magia salvaje.

El bosque, el barro, el agua, la luna. Todo lo que vibra y respira inspira mi proceso. Me dejo atravesar por lo natural, por lo ancestral, por lo que no necesita ser explicado.

Trabajo con las manos, desde la lentitud y la escucha. Cada trazo y cada pieza de cerámica lleva mi energía y mi intención. Crear es para mí un acto de presencia.

Mi arte es un rito íntimo. Una forma de conectar con lo invisible y con lo sagrado. Crear es recordar que el alma también necesita expresarse.