Las cosas a las que he tenido que renunciar para poder crear

Hace unos días compartí un reel en Instagram.

En él hablaba de algo que, quizá, tú también has escuchado alguna vez.

Personas diciéndote que eso que sueñas hacer no es posible.
Que es difícil.
Que es arriesgado.
Que no va a salir bien.

O incluso, guardan silencio pero su mirada hacia ti es de incredulidad.

Y mientras lo decía, sentía con mucha claridad algo que me ha acompañado en este camino:

Que cuando alguien te dice que no puedes, muchas veces no está hablando de ti. Está hablando de sus propios límites.

De los lugares donde no pudieron.
De los lugares donde tuvieron miedo.
De los lugares donde renunciaron a sí mismos.

Y comprendí que crear, de verdad, también implica aprender a escuchar eso sin hacerlo propio.

Quizá por eso hoy necesito contarte esto.

Porque crear no solo me ha pedido hacer.

Me ha pedido, sobre todo, renunciar.

Renunciar a versiones de mí que ya no eran verdad.

Renunciar al ritmo constante que el mundo me ofrecía como único camino posible. Ese lugar donde todo se mide, se muestra y se produce sin descanso. Donde parar parece un error y dudar parece una debilidad.

Renunciar también a la necesidad de gustar siempre.

Renunciar a personas.

A la tranquilidad de lo previsible.
A la seguridad de tenerlo todo claro.

Crear me pidió entrar en un territorio desconocido. Un lugar donde no siempre hay respuestas. Donde muchas veces solo hay silencio.

Y al principio, ese silencio asusta.

Porque en ese silencio ya no están las voces de fuera.
Pero tampoco, todavía, la certeza de dentro.

He tenido que renunciar a la prisa.
A la exigencia constante.
A la idea de que mi valor vive en lo que produzco.

He tenido que aprender a esperar.

A confiar en los días en los que aparentemente no ocurre nada, pero por dentro todo se está moviendo.

También he tenido que renunciar a una forma de vida más ordenada, más entendible, más fácil de explicar.

No todo el mundo comprende este camino.

Pero hay algo dentro de mí que sí lo comprende.

Algo que se calma cada vez que pinto.
Algo que respira cada vez que toco el barro.
Algo que, simplemente, sabe.

Y entonces entiendo que no es una pérdida.

Que cada renuncia ha sido, en realidad, una forma de volver.

Volver a mí.

Volver a la mujer que era antes de aprender a esconderse.
Antes de aprender a adaptarse.
Antes de olvidar que su forma natural de estar en el mundo era crear.

Sigo renunciando.

A lo que no es verdad.
A lo que no es mío.
A lo que no me sostiene.

Y en ese espacio que queda, en ese espacio más limpio y más honesto, es donde todo empieza a nacer.

Quizá tú también lo has sentido alguna vez.

Ese momento en el que algo dentro de ti te pide soltar, aunque no sepas todavía qué vendrá después.

Si es así, quiero que sepas que no estás sola.

A veces, renunciar no es el final de algo.

Es el principio de todo.

Renunciar a lo que no eres es una forma profunda de amor propio.

Con amor,

Isabel.

2 respuestas

  1. Hello There. I found your blog using msn. This is an extremely well written article.
    I’ll be sure to bookmark it and come back to read
    more of your useful information. Thanks for the post.
    I will definitely return.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir:

WhatsApp
Facebook
Pinterest
Threads